La búsqueda incesante del ser humano por comprender su entorno lo ha llevado a transitar desde lo más cotidiano hasta las fronteras más abstractas del pensamiento. En este recorrido, el acto de fermentar elementos tan sencillos como las cáscaras de piña con agua y papelón —un ritual de transformación doméstica y paciente— sirve como metáfora inicial de un proceso mucho más vasto: cómo transformamos la materia y los conceptos para darles orden. Así como el caldo primigenio de la fermentación genera vida y acidez bajo condiciones específicas, la mente humana elabora sistemas para descifrar la realidad. Sin embargo, cuando elevamos la mirada hacia la cúspide de la ciencia contemporánea, como el descubrimiento del amplituedro, la naturaleza de esa realidad se tambalea. Este objeto geométrico, que prescinde del espacio-tiempo tradicional para calcular interacciones subatómicas mediante meros cálculos de volumen, nos susurra una verdad desconcertante: el escenario físico que habitamos podría ser tan solo una propiedad emergente, una traducción macroscópica de una arquitectura matemática y relacional mucho más profunda.
La historia y el presente demuestran que una lógica puramente pragmática y desprovista de ética es el cimiento sobre el cual operan las organizaciones criminales, las mafias y los sistemas de dominación global. Estos grupos poseen una coherencia interna implacable y una funcionalidad brutal; operan con eficacia dentro de sus propias reglas de poder. Pero confundir la eficacia instrumental con la legitimidad humana es el error fundamental que separa la civilización de la barbarie. La verdad fáctica de un sistema que funciona no valida su bondad. De hecho, el mundo contemporáneo se encuentra profundamente aquejado por una paradoja insostenible: el orden global actual es hiperfuncional y estricto, pero se sostiene sobre antivalores que hacen inviable la sana convivencia, normalizando la injusticia como estructura operativa.
Ante este panorama desolador, en el que el supuesto "desarrollo" científico y tecnológico a menudo marcha a contramano de la dignidad humana —evidenciado en el abismo donde las curas avanzadas son exclusivas para élites mientras las necesidades básicas de comunidades vulnerables quedan desatendidas frente a la inoperancia de las grandes instituciones—, surge la pregunta por el sentido de la acción. Plantear soluciones sistémicas ideales choca inevitablemente contra la cruda inercia del poder. La magnitud de la degradación ambiental, social y moral hace que el mundo, en muchos sentidos, parezca haberle quedado grande al hombre, un escenario donde la sofisticación de los argumentos racionales ha servido con demasiada frecuencia para justificar la destrucción.
Lejos de hallar respuestas simplistas, el ejercicio de contemplar este trayecto intelectual deja al descubierto una tensión permanente. La verdad objetiva permanece firme, inalterable y por encima de nuestras limitaciones y creencias, mientras la humanidad oscila entre su capacidad creadora —capaz de concebir geometrías sagradas y universos subatómicos— y su tendencia a construir estructuras de desolación. Reconocer la complejidad de este espejo fragmentado, sin caer en la ingenuidad utópica ni en el cinismo absoluto, es quizás el único punto de partida honesto para sostener la dignidad en medio del naufragio.
Luis Herrera Ciriki..
